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¿Por qué las golpean? |
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SEGÚN algunos expertos, la mujer corre más riesgo de morir a manos de su pareja que a manos de cualquier otro agresor. Con objeto de poner coto al maltrato conyugal, se han llevado a cabo numerosos estudios: ¿Qué clase de hombres atacan a sus esposas? ¿Qué infancia tuvieron? ¿Fueron violentos durante el noviazgo? ¿Cómo responden al tratamiento médico? Los especialistas en el tema han descubierto que no existe un único tipo de maltratador, sino toda una gama. En un extremo se encuentra el que recurre a la violencia de forma esporádica, sin tener armas ni antecedentes de abuso conyugal; en su caso, el episodio violento es de carácter aislado y parece estar motivado por factores externos. En el otro extremo se halla quien ha convertido los golpes en un fenómeno crónico, continuo, y da pocas muestras de remordimiento, o ninguna. No obstante, la existencia de varias categorías de agresores no significa que algunas modalidades de abuso no revistan gravedad. Todo maltrato físico puede causar lesiones e incluso la muerte. Por consiguiente, el hecho de que la violencia de un individuo sea menos frecuente o intensa que la de otro no constituye una excusa. No existen palizas “aceptables”. Ahora bien, ¿qué puede inducir a un marido a atentar contra la integridad física de la persona que se comprometió a amar toda la vida? Un problema familiar
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La influencia cultural
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Indicadores de riesgoSegún un estudio dirigido por Richard J. Gelles en la Universidad de Rhode Island (EE. UU.), los siguientes factores constituyen indicadores de riesgo de que el hombre abuse física y emocionalmente de su compañera:
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Los factores que acaban de exponerse ayudan a entender el abuso conyugal, pero de ningún modo lo disculpan. En pocas palabras, golpear al cónyuge es un grave pecado a los ojos de Dios, quien señala en la Biblia que “los esposos deben estar amando a sus esposas como a sus propios cuerpos. El que ama a su esposa, a sí mismo se ama, porque nadie jamás ha odiado a su propia carne; antes bien, la alimenta y la acaricia, como también el Cristo hace con la congregación” (Efesios 5:28, 29).
Las Escrituras predijeron hace siglos que en “los últimos días” de este sistema muchos hombres serían “despiadados, implacables” e “inhumanos” (2 Timoteo 3:1-3, Biblia del Peregrino). La epidemia de abusos conyugales constituye una indicación más de que vivimos precisamente en el período del que habla esta profecía. Sin embargo, ¿cómo podemos ayudar a la víctima? ¿Hay esperanza de que el agresor modifique su conducta?
Publicado en ¡Despertad! del 8 de noviembre de 2001 |