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Merece la pena vivir

Disponemos de ayuda


Hablemos con alguien


En esta serie:
Un problema mundial
Por qué se rinden
Disponemos de ayuda
Cómo ayudar a quien revela tendencias suicidas
“¿Perdonará Dios que me sienta así?”
Cuando se suicida un ser querido

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‘CUARENTA Y NUEVE pastillas para dormir disueltas en un vaso. ¿Me las trago, o no?’, se preguntaba un suizo de 28 años de edad, abandonado por su esposa e hijos, y muy deprimido. Tras tomárselas, se dijo: ‘No, no quiero morir’. Por fortuna vivió para contarlo. Así pues, los impulsos suicidas no siempre acaban en muerte.

Alex Crosby, del Centro para el Control y Prevención de las Enfermedades, de Estados Unidos, declaró con referencia a los adolescentes que intentan suicidarse: “Si logramos retenerlos aunque sea unas cuantas horas, evitaremos la tragedia. Estas intervenciones impiden que consumen el acto en muchos casos. Podemos salvarlos”.

Mientras trabajaba en el Centro de Urgencias y Rescate de la Facultad de Medicina, de Japón, el profesor Hisashi Kurosawa ayudó a cientos de suicidas a recobrar las ganas de vivir. En efecto, las medidas bien encauzadas impiden que muchos acaben con su vida, pero ¿en qué consisten?

Combatir los problemas subyacentes

Como se indicó en el artículo anterior, las investigaciones indican que el 90% de las muertes voluntarias tenían como telón de fondo trastornos psiquiátricos o problemas derivados del abuso de sustancias adictivas. Por ello, Eve K. Moscicki, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, afirma: “La mayor esperanza para prevenir el suicidio en todas las edades reside en la prevención de los trastornos mentales y adictivos”.

Por desgracia, muchos afectados no buscan la atención que precisan. ¿Por qué no? “Porque existe un marcado prejuicio en la sociedad”, comenta Yoshitomo Takahashi, del Instituto Metropolitano de Psiquiatría de Tokio. Y añade que, como resultado, incluso quienes llegan a tener una mínima conciencia de estar mal vacilan en buscar asistencia inmediata.

Otros, en cambio, no permiten que la vergüenza los detenga. Hiroshi Ogawa, conocido presentador de un programa de televisión que estuvo emitiéndose durante diecisiete años en Japón, reconoció en público que la depresión lo había llevado al borde del suicidio. “Es como un resfriado de la mente”, afirmó Ogawa. Según explicó, todos somos susceptibles de padecerla, pero es posible recuperarse.

Hablemos con alguien

“Quien está solo con su problema suele verlo enorme e insalvable”, señala Béla Buda, representante de sanidad citado en el primer artículo de esta serie. Tal observación pone de relieve la sabiduría del antiguo proverbio bíblico: “El que se aísla buscará su propio anhelo egoísta; contra toda sabiduría práctica estallará” (Proverbios 18:1).

Hagamos caso de esas sabias palabras. No nos quedemos solos ahogándonos en el mar de dificultades que nos abruma. Acudamos a alguien que merezca nuestra confianza. Pero tal vez digamos que no tenemos a nadie así. Según el psiquiatra Naoki Sato, son muchos los que piensan de esa manera. Este doctor mencionó que tal desconfianza constituía en realidad una negativa a revelar las debilidades de uno.

¿Dónde encontrar una persona que escuche? (Lea Cómo ayudar a quien revela tendencias suicidas) En numerosos lugares existen centros de prevención del suicidio, teléfonos de ayuda o médicos especializados en problemas emocionales. Sin embargo, hay expertos que también reconocen otro apoyo: la religión. ¿En qué sentido?

Obtuvieron ayuda

Marin era un minusválido búlgaro que abrigaba el intenso deseo de suicidarse. Cierto día encontró la revista religiosa La Atalaya, editada por los testigos de Jehová, y siguió su consejo de recibir a estos cristianos en su hogar. Marin relata el desenlace: “Me enseñaron que nuestra existencia es un don de nuestro Padre celestial y que no tenemos derecho a dañarla ni a tratar de ponerle fin. De este modo, remitieron mis ganas de morir, y volví a amar la vida”. También recibió el apoyo amoroso de la congregación cristiana. Aunque sigue incapacitado, dice: “Ahora estoy gozoso y tranquilo, y tengo muchas cosas agradables que hacer, más de las que me permite el tiempo. Todo gracias a Jehová y a sus Testigos”.

El joven suizo mencionado al inicio del artículo también recibió la asistencia de estos cristianos. No olvida “la bondad de una familia” que lo acogió. “Después —añade— , los miembros de la congregación [de los testigos de Jehová] se turnaron para invitarme a comer todos los días. Lo que me ayudó no fue solo la hospitalidad, sino tener con quien hablar.”


Les importamos a los demás

Lo que aquel joven estudió en la Biblia lo animó sobremanera, en particular entender el amor a la humanidad que siente el Dios verdadero, Jehová (Juan 3:16). De hecho, nos escucha cuando ‘derramamos nuestro corazón’ ante él (Salmo 62:8). “Sus ojos están discurriendo por toda la tierra”, no para buscar nuestros errores, sino “para mostrar su fuerza a favor de aquellos cuyo corazón es completo para con él” (2 Crónicas 16:9). Nos asegura: “No tengas miedo, porque estoy contigo. No mires por todos lados, porque soy tu Dios. Yo ciertamente te fortificaré. Yo cierta y verdaderamente te ayudaré. Sí, yo verdaderamente te mantendré firmemente asido con mi diestra de justicia” (Isaías 41:10).

Con respecto a la promesa divina de un nuevo mundo, el joven suizo afirmó: “Ha contribuido muchísimo a aliviar el peso de la frustración”. Esta esperanza, descrita como un “ancla del alma”, incluye la promesa de ser feliz por la eternidad en una Tierra paradisíaca (Hebreos 6:19; Salmo 37:10, 11, 29).

Les importamos a los demás

Es cierto que en algunas situaciones tal vez nos parezca que a nadie le importaría nuestra muerte. Pero debemos recordar que existe una gran diferencia entre creer que uno está solo y estarlo. En tiempos bíblicos, el profeta Elías pasó por momentos difíciles en los que dijo a Jehová: “A tus profetas los han matado a espada, de modo que solo quedo yo”. Se sentía totalmente aislado, y con razón. Sabía que habían asesinado a muchos profetas y que una amenaza de muerte pendía sobre su cabeza, por lo que había huido para salvarse. Pero ¿de verdad estaba solo? No. Jehová le notificó que quedaban 7.000 israelitas que, como él, trataban de mantenerse fieles al Dios verdadero en aquellos tiempos difíciles (1 Reyes 19:1-18). Entonces, ¿qué hay de nosotros? (Lea “¿Perdonará Dios que me sienta así?”) ¿Será que no estamos tan solos como creemos?

Hay personas que se preocupan por uno. Por ejemplo, los padres, el cónyuge, los hijos y los amigos. Pero ahí no queda todo. En la congregación de los testigos de Jehová hallamos cristianos maduros que acuden a nuestro lado para escucharnos y orar por nosotros (Santiago 5:14, 15). Y si todos nos fallaran, hay Uno que nunca nos abandonará. El rey David dijo en la antigüedad: “En caso de que mi propio padre y mi propia madre de veras me dejaran, aun Jehová mismo me acogería” (Salmo 27:10). En efecto, él ‘se interesa por nosotros’ (1 Pedro 5:7). Nunca olvidemos que somos preciosos a sus ojos.

Nuestra existencia es un don divino. Es cierto que a veces tal vez parezca más una carga que un regalo. Con todo, ¿se imagina cómo se sentiría usted si le hiciera a alguien un valioso obsequio y luego este se deshiciera de él casi sin usarlo? Los seres humanos apenas hemos comenzado a disfrutar de dicha dádiva. En realidad, la Biblia indica que ahora no tenemos “la vida que realmente lo es” según el criterio de Dios (1 Timoteo 6:19). En el futuro cercano, la existencia será mucho más plena, significativa y feliz. ¿Cómo será posible?

La Biblia promete que Dios “limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor. Las cosas anteriores han pasado” (Revelación [Apocalipsis] 21:3, 4). Dediquemos algunos minutos a tratar de visualizar cómo será todo cuando se cumplan tales palabras, creando un cuadro mental completo y vívido. Esa imagen no es pura fantasía. Si meditamos en la relación que mantuvo Jehová con su pueblo, confiaremos más en él y nos resultará más real esa imagen (Salmo 136:1-26).

Quizá tardemos tiempo en recuperar por completo las ganas de vivir. Sigamos orando al “Dios de todo consuelo, que nos consuela en toda nuestra tribulación” (2 Corintios 1:3, 4; Romanos 12:12; 1 Tesalonicenses 5:17). Jehová nos dará las fuerzas necesarias y nos enseñará que merece la pena vivir (Isaías 40:29).

Cuando se suicida un ser querido

   
Publicado en ¡Despertad!  del 22 de octubre de 2001 ArribaArtículo anteriorArtículo siguiente

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